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Afronegrismos léxicos en el español de Nicaragua
Jorge Eduardo Arellano

El primer esclavo negro llegó a Nicaragua en 1523 con Gil González Dávila, quien lo había comprado por trescientos pesos en Panamá. De allí partieron a la futura provincia -acompañando la expedición conquistadora de Francisco Hernández de Córdoba-, más de una decena. Dos pertenecían a la gente del capitán Hernando de Soto ("Francisco, negro de Talavera" y "Perico, negro"), cuatro a la del capitán Francisco de la Fuente ("el negro de Ruy Díaz" y los de Solís, de Nufio de Olano y de Andrés Muñoz) y otros cuatro a la del citado Hernández de Córdoba ("Vicentico, negro", "Gaspar, idem", "Juan, idem" y "Antón, idem"). Nuestra zona del Pacífico, desde entonces, estuvo poblada -a lo largo de la época colonial- por esclavos originarios de África. Incluso se exportaron a Panamá y el Perú, entre mayo de 1539 y octubre de 1543, cuarenta y seis esclavos negros (Arellano, 1993: 136).

Para el dominante estrato español, "la pieza esclava" -como se lee en los documentos- era símbolo de preeminencia social y propiedad apta para realizar con ella operaciones de compraventa, alquiler, préstamo, obsequio, juego, herencia e hipoteca. Con su incremento en la segunda mitad del siglo XVII, tras la introducción de una apreciable cantidad durante la gobernación de Diego de Artieda y Cherinos de 1573 a 1586, los esclavos negros ampliaron las capas medias mestizas formadas -en su mayoría- por zambos (mezcla de negros e indios), mulatos (mezcla de español y negro) y cuarterones (los que tenían un cuarto de sangre africana) y demás mezclas. Éstas constituían en 1820 el 84 por ciento de la población (Arellano: 1993: 1937).

Por tanto, hasta la Independencia hubo más habitantes de sangre negroide en el Pacífico del país que en el Mosqueto Kingdown (Reino Mosquito). En efecto, allí los cimarrones y esclavos negros, procedentes de Jamaica, eran para 1768 unos cuatro mil 500. Por eso llama la atención que los afronegrismos léxicos en el Español de Nicaragua sean escasos. Uno de ellos es Banano /a; otro, Dengue, según Ildefonso Pereda Valdés, citado por Lipski (1966: 144), que posee una amplia variedad de significados, entre ellas fiebre tropical, atribuida a un origen quimbumbú. Pero el más conocido es marimba, registrado por Berendt (1874): "instrumento de música de tablillas de madera colorada, en hilera de tubos o calabazas, que se tocan con dos palitos cómodos con bolas de hule. Es de origen africano como su nombre también".

Entre la población negra del Caribe, según Kany (1962: 32-33) fue muy popular una unidad fraseológica que pasó a nuestra habla (Castellón, 1939: 82): "Lo que no tiene de Dinga tiene de Mandinga". Pero si en el área caribeña con esa expresión se da a entender "que todos tienen alguna veta de sangre negra", aquí se emite "para significar que todos poseen defectos", de acuerdo con el mismo Castellón. Valle (1948) la interpreta así: "El que no es ladrón es ratero". Lo cierto es que Mandinga ("el diablo africano") se ha incorporado al español usual de Nicaragua. Así figura en el DUEN (2001: 112). Mántica, sin embargo, lo identifica como Mandanga. "Se lo llevó Mandanga". Asimismo, recordemos al personaje de la narración folclórica para niños: "La cucarachita Mandinga", título de una farsa musical del escritor panameño Rogelio Sinán (1902-1994).

Otros afronegrismos incorporados al español en la zona del Pacífico los aportan primero Berendt (1874: 82): los vegetales: flor de mondongo y mondonguillo; luego Brautigam-Beer (1983: 16), a saber: mondongo (la sopa), quijongo (el instrumento musical), musuco (de pelo crespo: murruco) y moronga (la morcilla en España), vocablo que forma parte de otra unidad fraseológica, más popular que las anteriores: "Creer que la vida es moronga y el porvenir chorizo" (aplicada a la personas displicentes, que no valoran los esfuerzos de los demás). Vocablo, por otra parte, poematizado por Pablo Antonio Cuadra en su "Jalalela del esclavo negro": "Barato el esclavo, /y no come pan!... Cara de moronga /negrito rezonga: Porque no mi dan -porque no mi dan- (Cuadra, 1934: 23).

Dos términos más, procedentes del español caribeño, pasaron al español general (y luego al nuestro): cachimba y ñame. Ambos fueron detectados por Berendt (1874:12) a finales del siglo XIX en nuestra zona del Pacífico. Al primero lo definió en cuatro acepciones (`la pipa de fumar tabaco /el cartucho de tirar /el cáliz de jelinjochi /la natura de la mujer, la vulva") y al último ("yerba de maíz bulbosa comestible"). Para Eduardo Zepeda-Henríquez (1995: 161) es el más característico de los términos de origen africano corrientes en Nicaragua y que contienen la letra /ñ/. Se trata de la planta (Discorea sp.), a la cual llamamos "papa caribe". Agrega que sus varias clases se cultiva "en el departamento de Zelaya, donde lo come gran parte de la población". Por su parte el DRAE (1992: 1457) lo reconoce como "voz del Congo y dedicándole estas líneas: "Planta hermácea de la familia de las dioscoreáceas, con tallos endebles, volubles, de tres a cuatro metros de largo, hojas grandes y acoronadas, flores pequeñas y verodas de espigas axilares, y raíz grande, tuberculosa, de corteza casi negra y carne parecida a la de la batata, que cocida o asada es comestible, muy usual en los países intertropicales". Ahora bien, Corominas -dudando de su autenticidad africana-, supone que el vocablo nació de ñam, onomatopeya de la acción de comer, a través de los contactos iniciales entre la lengua portuguesa y el bantú. Pero Lipski (1996: 144) indica que palabras similares de idéntico significado aparecen en varias lenguas del África Occidental, desde Senegambia (Senegal y Gambia) a Nigeria.

Los anteriores afronegrismos -banano; dengue, marimba, mandinga, mandanga, mondongo, quijongo, musuco, moronga (Berendt, 1874: 83)- también lo registra cachimba y ñame) sobrevivieron a un fuerte proceso de dilución, en virtud del dominio político socioeconómico y cultural del español. No otro fenómeno revela la pronta desaparición de un baile, "El Congo", descrito por el ilustrado Antonio Pineda en la zona noroccidental de la provincia (Chinandega, Chichigalpa, El Realejo y El Viejo) a finales del siglo XVIII. Lo bailaba una pareja. La mujer, girando con suavidad la cintura horizontalmente, ponía una mano delante y ladeaba el cuerpo, zapateando a compás, agitada, compitiendo con el hombre que hacía vibrar el suyo con mudanzas al gusto del país, arremetiendo contra ella, mientras un animador cantaba: "Arriate, arriate, /así se bate". Y otro respondía: "el chocolate". Pero la mujer lo evitaba, hurtando el cuerpo en el momento oportuno y volviéndole la espalda, burlándolo y convidándolo, incitándolo... hasta que se descuidaba y un pícaro movía a la chabacana risa plebeya al cantar:

Tiene la Reina Mora
y su turbante
un letrero que dice:
¡Viva mi amante!

Aunque en el parlamento no se advierte ningún afronegrismo, sino un vocablo incorporado al español procedente del náhuatl -chocolate- y el más legítimo español, Pineda no podía ocultar su origen: "El nombre de este baile y su explicación da una idea de su origen africano, y de su poca decencia: felizmente sólo lo usa la plebe en las fiestas de gran bulla, o de mucha confianza". Lo mismo puede afirmarse de otro baile dialogado de la misma zona y también colonial, cuyo principal vestigio -una décima- le dictó a mediados de los años cincuenta del siglo XX a Carlos Mántica una persona mayor, don Francisco Reyes Callejas, en la ciudad de Chinandega (Mántica, 1995: 14). Dicho parlamente, que consta de numerosos versos, fue rescatado por las dos hijas del algodonero y coleccionista de arte precolombino de El Viejo, de la fiesta patronal dedicada "al San Roque mulato" -hoy desaparecida-, cada 16 de agosto:

"Mulato: ¿Quién es esa mulatona, /que allí por la calle va, /tan simpática y tan mona, /con su mano al tercio va?

Mulata: Yo soy la mulata, /linda y hechicera. /Yo soy la mulata, /la mulata callejera. /Esa soy yo, ¡ay!, sí señor /que traigo el alma llenita de amor.

Mulato: Sonriendo con esa boca, /tan dulce como un panal, /y echando por las caderas, /azúcar, canela y sal.

Mulata: Mirando con estos ojos, /que llenos de fuego llevo, /haciendo con mis chinelas /chiqui, chiqui, chiqui, chiqui, chiqui, cha". Apenas en el departamento de Masaya (zona suroccidental del país) se conservaron como folclor vivo bailes como "Los chinegritos" y "Las negras", hace varias décadas reelaboradas artísticamente por grupos danzarios.

África, pues, no marcó diferencia apreciable en nuestro español. Pero sí en una lengua étnica hablada en la zona del Caribe: el miskito. Brautigam-Beer (1983: 16) ha establecido una relación directa entre el léxico africano y el miskito, detectando en un cuadro 20 palabras procedentes de otros tantos idiomas africanos hablados en Alto Volta, Angola, Fernando, Po, Mali, Nigeria, Togo y Zaire, entre otros países.

 
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